El fuego invisible

Javi Chuecos-  Siento decepcionar una semana más a aquellos que pensaban que esta humilde sección de opinión se iba a convertir en una barra de bar de forofos y bufandas, eso se lo dejaremos a otros. No oculto que tengo mis colores, como todo el mundo, pero no es el lugar, el momento ni las formas. Ahora bien, esa pasión por el fútbol y por los colores del equipo de uno es precisamente de lo que quiero hablar hoy.

            Decía el malogrado Eduardo Galeano: “En su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Desde que somos pequeños y pisamos por primera vez el estadio de nuestro equipo, esa relación de amor es para siempre. Podrán pasar grandes jugadores y otros mediocres, podremos tocar el cielo y bajar a los infiernos, podremos reír y llorar, como en la vida misma. Pero la fidelidad a tu equipo del alma es indiscutible e innegociable.

            Pero además de referirme a ese sentimiento irracional e inabarcable, quiero ahondar un poco más. ¿Qué hace a decenas de chicos jóvenes ir a ver un partido de fútbol de Tercera División un domingo en plena feria de Lorca en vez de estar con sus amigos divirtiéndose? ¿Qué mágico sortilegio hizo cruzar a un grupo de valientes lorquinos hace trece años toda España para ver un partido en Irún después de haber perdido la ida y tenerlo todo en contra para conseguir el ascenso a Segunda A? ¿Qué extraña fuerza atrae a cientos de personas a ir a cada domingo a ver a su equipo pese a las inclemencias meteorológicas de calor, viento, lluvia o frío?

            Esa pulsión puede calificarse de muchas maneras como pasión o locura, yo prefiero llamarlo “el fuego invisible”, como Javier Sierra llama en su premiada y reciente novela a ese lugar de donde nacen las ideas en la mente del creador de obras de ficción, de donde nacen las historias y la inspiración.

            Y creo que no le falta razón, hoy día el mundo del fútbol es un mercado global, puedes ver en directo cualquier partido que se dispute en el rincón más recóndito del planeta, pero hace unos años esto no era así. Antes de Internet y las nuevas tecnologías, había un partido en abierto y otro de pago codificado y los niños de mi generación escuchábamos las narraciones del resto de los partidos en la radio y esos narradores eran como los juglares de la Edad Media, que contaban las hazañas y gestas  de nuestros héroes de una manera épica y mágica.

Luego esa magia se transformaba en realidad cuando veías los resúmenes de la jornada el domingo por la noche en Estudio Estadio, el de verdad de la mítica sintonía, y no la jaula de grillos de ahora. En el fondo, creo que todos alguna vez nos hemos imaginado jugadas apoteósicas y goles portentosos, que una vez pasados por el tamiz de las imágenes de televisión no eran para tanto.

Todos hemos jugado en la calle con dos piedras por portería y un balón de trapo o de plástico, simulando ser el delantero centro de nuestro equipo que marcaba el gol de la victoria en el último minuto y hemos hecho de narradores de esos partidos imaginarios. Creo que es precisamente la imaginación la que ha forjado ese “fuego invisible” durante generaciones, ese amor puro e incondicional por el fútbol, esos sueños infantiles de ser el protagonista de la historia y no un mero espectador.

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