Fútbol de cartulina

Javi Chuecos.- El otro día no pude evitar el esbozar una sonrisa al encontrar un cartel por la calle en el que se anunciaba que los domingos por la mañana los padres de algunos niños han organizado una especie de mercadillo  de intercambio de cromos de La Liga en la Plaza de Calderón de Lorca y me hizo revivir algunos de los momentos más felices de mi infancia y creo que de la de todos los aficionados al fútbol.

                Dicen que el sentido del olfato nos puede llevar a revivir ciertos momentos y situaciones con mayor nitidez que cualquiera del resto de los sentidos, y creo que aún recuerdo el olor de los sobres de cromos, o “estampas” como nosotros los llamábamos, la ilusión de quién te tocaría, si por fin conseguías ese fichaje o ese “coloca” tan difícil.

                A mi mejor amigo lo conocí porque un día se presentó en mi calle con una gigantesca bolsa llena de cromos repetidos para cambiar, en esos veranos de calor y aburrimiento en la Lorca de mi infancia, hice muchos amigos cambiando cromos o jugando a los “montones” en la placeta de San José o en el parque de La Viña.

                La pasión por el fútbol a muchos nos vino de estudiar a conciencia los datos que nos ofrecían aquellos míticos álbumes de principios de los 90, cuando los cromos eran de cartulina y no de pegatina y tenías que pegarlos con Supergen o pegamento Imedio con sumo cuidado. Nuestra inocencia era tal que no reparábamos ni siquiera en los errores garrafales del “photoshop” de la época donde se coloreaban las equipaciones de los jugadores cuando cambiaban de equipo y no tenían aún fotografías posando con su nueva camiseta.

                Y luego llegaba la segunda parte cuando conseguíamos coleccionar el álbum, y no era otra que la liga de fútbol “chapas” que organizábamos recortando con sumo cuidado los cromos repetidos. Recuerdo con mucho cariño aquellas eternas tardes jugando con las chapas recogidas de “Los Padillas”, un garbanzo como balón y unas sofisticadas porterías hechas con clavos y la redecilla de los caracoles como red. Llegamos hacer un campo con pintura plastificada y hasta con vallas publicitarias.

                Decía Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre es su infancia y creo que no le falta razón. Los niños de mi generación somos futboleros por las vivencias de nuestra niñez, por ese amor incondicional a un deporte, por coleccionar los cromos de nuestros ídolos, por jugar luego con ellos simulando partidos de máxima rivalidad y polémica. Somos patriotas de la felicidad, de la amistad, del compañerismo y del trabajo en equipo y sinceramente, en estos tiempos de nacionalismos y banderas, no se me ocurre una mejor patria que la que compartí aquellos años con mis amigos.

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